SUSAN WATKINS
La batalla por Ucrania
Un análisis clásico de la Segunda Guerra Mundial la define como el resultado de cinco tipos diferentes de conflicto.nota1 En primer lugar, la guerra entre las principales potencias imperialistas -Alemania, Japón, EEUU, Gran Bretaña- que competían por la posición de hegemón mundial. Para ello, las potencias aspirantes debían tanto afirmar el control sobre una región clave -para Japón, China y el sudeste asiático; para Alemania, el oeste de la Unión Soviética y el Cáucaso (“nuestra India”)- como infligir un golpe demoledor a cualquier potencia imperialista que intentara bloquearles: en el caso de Japón, EEUU, que no tenía intención de permitir un contendiente en el Pacífico; en el de Alemania, Francia y Gran Bretaña, que no deseaban ver a Europa dominada por Berlín.
Inicialmente, esta guerra interimperialista se libró en dos teatros separados, el norte de Europa -primero Polonia, luego Bélgica, Holanda, Francia, Dinamarca y Noruega cayeron en manos de la Wehrmacht en 1940; Barbarroja se lanzó el verano siguiente- y el Pacífico, donde el embargo de suministros de petróleo por parte del fdr y la intransigencia en las negociaciones determinaron que Tokio añadiera en 1941 Malasia, Singapur e Indonesia a sus conquistas en China e Indochina francesa, e intentara derribar la flota estadounidense en Hawai. Los dos teatros se entrelazaron cuando EEUU entró en la Guerra y el Reino Unido, su deudor, tras sobrevivir a la Batalla de Inglaterra, desplazó sus fuerzas a Oriente Próximo para defender sus yacimientos petrolíferos en Irak e Irán y el extenso imperio que se extendía desde Egipto y África Oriental a través de India, Birmania, Malaya y Singapur hasta Hong Kong y el Pacífico. Esta guerra interimperialista fue ganada decisivamente por EEUU, que aplastó a Alemania y Japón y debilitó a Gran Bretaña y Francia, para emerger como la nueva potencia hegemónica mundial.
El segundo tipo de guerra fue la autodefensa de la urss contra la invasión alemana, protegiendo las conquistas de 1917 de la contrarrevolución nazi, reconstruyendo el Ejército Rojo y luego -mientras los aliados occidentales se veían inmovilizados por las sorprendentemente duras defensas alemanas en el norte de Italia y Renania-Ardenas- arrasando el oeste en 1944-45, a medida que la Wehrmacht se retiraba y los regímenes nazi-colaboracionistas se desmoronaban en Bucarest, Sofía, Vilna, Tallin, Varsovia, Budapest y Viena. La URSS emergió de la Guerra como segunda potencia mundial, con el control de Europa Oriental. Aunque Moscú permitió la entrada de tropas occidentales en Viena y Berlín, una vez puesta en marcha la Doctrina Truman, Stalin impulsó “revoluciones desde arriba” militar-burocráticas, aplastando a las fuerzas de izquierda independientes y legando “un feo legado político” que marcaría la posguerra.nota2
Distinta de ésta era un tercer tipo de guerra, librada por el pueblo chino contra el imperialismo japonés, que se convertiría en una revolución social una vez cortado el apoyo al Kuomintang por parte de los aliados. En cuarto lugar, y de nuevo distintas, estaban las guerras de liberación nacional libradas por las fuerzas anticoloniales que se negaron a luchar por sus amos franceses, británicos, holandeses y estadounidenses en Indochina, Birmania, Malaya, Indonesia y Filipinas, a las que se unió el movimiento de Abandono de la India; estas luchas se convirtieron de nuevo en una revolución social en Indonesia e Indochina. En quinto lugar, los movimientos de resistencia armada de la Europa ocupada por los nazis, que en varios casos – Yugoslavia, Albania, Grecia – adquirieron el carácter de levantamiento nacional, revolución o guerra civil, mientras que procesos paralelos en Francia e Italia vieron surgir partidos comunistas de masas. La entrada de fuerzas sociales independientes desde abajo en la vorágine del conflicto interimperialista a través de estas “guerras justas” de resistencia y liberación nacional desempeñaría un papel significativo en la configuración de los primeros treinta años del orden de posguerra.nota3
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¿Podría este tipo de perspectiva analítica arrojar algo de luz sobre la actual guerra por Ucrania? Los contrastes en escala y destructividad entre los dos conflictos -80 millones de personas perecieron entre 1939-45- apenas necesitan ser subrayados. Más aún, la situación histórico-mundial no sólo ha cambiado, sino que se ha puesto patas arriba. La equivalencia aproximada de las potencias contendientes ha dado paso a un super-hegemón mundial de nuevo tipo, dotado de una poderosa ideología universalista y que esgrime un poderío militar y financiero sin precedentes, para el que cualquier Estado que se resista a su penetración económica y política es por definición un adversario de algún tipo. Económicamente, el auge de la posguerra ha dado paso a la desindustrialización de la larga recesión, levantada únicamente por las burbujas financieras, la ingeniería monetaria y los crecientes montones de deuda. Socialmente, una ofensiva capitalista liderada por EE.UU. ha invertido los términos de la posguerra: en lugar de una creciente militancia obrera, el trabajo industrial ha sido degradado, externalizado y arrojado como un resentido perdedor. La empobrecida China revolucionaria es la segunda economía más grande, bajo el dominio digitalizado del PCCh. La urss se disolvió y los eeuu instalaron una especie de capitalismo en todo el antiguo bloque soviético. La jerarquía de las potencias en guerra en Ucrania, sus economías y sus clases, contrastan fuertemente con las de 1939-45.
Sin embargo, la guerra de 2022 es también una guerra internacional, librada en frentes económicos e ideológicos, además de militares, que divide a las potencias mundiales y moviliza a un amplio abanico de Estados como participantes o simpatizantes, cuando no como combatientes.nota4 Al entrar en su noveno mes, puede resultar útil distinguir los diferentes tipos de conflicto implicados -para examinar sus orígenes, así como sus causas inmediatas; los objetivos, las estrategias, la cohesión interna y los recursos materiales e ideológicos de los beligerantes- y pensar en cómo éstos alimentan la dinámica de la conflagración más amplia. Lo que sigue es inevitablemente esquemático, escamoteando el carácter complejo de los actores y sin duda enturbiado en algunas partes por la niebla de la guerra y la limitada información disponible sobre cuestiones clave. Se ofrece con el espíritu de un primer corte que seguramente necesitará matices y correcciones. Pero antes, como en toda guerra, el análisis debe tener en cuenta los determinantes regionales específicos.
El marco geográfico y geopolítico de Ucrania, que se extiende a lo largo de casi mil millas por las tierras de marcha del Dniéper, ha hecho que su territorio sea desde hace mucho tiempo propenso a la penetración de potencias externas; sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, estos forasteros han sido convocados por fuerzas locales contendientes. No hace falta remontarse a las invasiones mongolas, ni a la imposición del dominio aristocrático-católico bajo la Mancomunidad polaco-lituana del siglo XVII y la apelación de los cosacos rebeldes al zar. Durante la Primera Guerra Mundial, las fuerzas austrohúngaras y zarista-kerenskianas arrasaron estas tierras, uno de los principales teatros del Frente Oriental. De 1917 a 1922, la región se convirtió en el Frente Sur de la Guerra Civil: la Rada Central de Kiev pidió ayuda a Berlín y Viena para luchar contra los soviets de Kharkiv, Odessa y el Donets, así como contra los anarquistas de Makhno en Zaporizhzhia; Polonia se anexionó la región de Lviv, con el beneplácito de la Conferencia de Paz de París; fuerzas blancas respaldadas por Occidente e insurgentes independentistas de variado pelaje, desde socialistas a neofascistas, lucharon contra el Ejército Rojo desde Kiev hasta Crimea. Antes de que acabara la década de 1920, las depredaciones de Stalin empezaron a allanar el camino para la conquista de la Wehrmacht y la lucha a vida o muerte de la Segunda Guerra Mundial. El recién nacido Estado nacido de la furtiva disolución de la Unión Soviética en la noche del 8 de diciembre de 1991 por la troika de Belavezha, Yeltsin, Shushkevich y Kuchma, no escaparía a esta lógica. En un país dividido, las fuerzas rivales invitarían a entrar a los extraños.
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¿Cuáles son los principales tipos de conflicto en juego hoy en día? Analíticamente, trabajando de lo pequeño a lo grande, no se puede evitar la cuestión del conflicto civil dentro de la propia Ucrania. Por sí solo, no podría haber generado una guerra internacional; sin embargo, los combates no podrían haberse intensificado sin él. En su raíz estuvo la disolución de la URSS de la noche a la mañana, que convirtió la pluralidad rusa en una serie de grandes minorías dentro de los nuevos Estados-nación. En Ucrania, la propia clase dirigente estaba dividida políticamente, algunos oligarcas y sus partidos tendían más a Moscú, otros a Washington, Berlín y Varsovia, mientras que los más poderosos cultivaban relaciones suavemente cosmopolitas con todas las partes. Socialmente, las divisiones entre el cinturón oxidado y la metrópolis se extendían no sólo a través de las fronteras, sino de las diferencias lingüísticas, los regímenes de acumulación e incluso los modos de producción. La esperanza bolchevique de que, dentro de su república soviética compartida, el proletariado industrial de la cuenca del Donets sería un faro de luz para la Ucrania occidental conservadora se ha vuelto del revés. En 2014, un estudiante de Kiev podía decir de los trabajadores del Donbás: “Allí son todos soviéticos. No pueden evitarlo’nota5
Los sucesos del Maidán (“plaza”) de 2014 -el derrocamiento del Gobierno pro-Moscú de Yanukóvich por un levantamiento popular en Kiev, al que respondieron con contraprotestas en el este, donde se encontraba la mayor parte de su mayoría electoral- ejercieron una inmensa presión sobre estas relaciones. La oposición al nuevo gobierno fue amplia; a finales de febrero, unos 3.500 cargos electos se reunieron en una conferencia anti-Maidan en Kharkiv. Al día siguiente, el parlamento de Kiev derogó la protección del ruso como lengua regional. Los levantamientos anti-Maidan en el este de Ucrania copiaron el modelo de Kiev de ocupar plazas centrales y tomar edificios gubernamentales. Las fuerzas de seguridad también estaban divididas; en algunas zonas, la policía local no intentó detener a los manifestantes anti-Maidan. Éste fue un factor determinante de su éxito. En ciudades como Kharkiv u Odessa, prevaleció la autoridad de Kiev. En pueblos de difícil acceso como Donetsk y Luhansk, milicias populares formadas por mineros, camioneros, guardias de seguridad y desempleados locales asaltaron las oficinas de la administración regional y declararon repúblicas populares, eligiendo como líderes a empresarios locales o antiguos mandos militares. En el caos de los primeros días, había pocos “voluntarios rusos” en la escena.nota6
La militarización de la división política fue lenta y desigual. Si los primeros disparos simbólicos fueron los de los francotiradores de Kiev que disparaban contra los manifestantes del Maidan, aún no está claro si se trataba de las fuerzas de seguridad del régimen o, como sugiere el análisis de las pruebas forenses, de militantes de extrema derecha procedentes de las filas de los manifestantes.nota7 Ciertamente, el nuevo ministro del Interior, Arsen Avakov, integró a los combatientes callejeros de extrema derecha del Pravy Sektor en la Guardia Nacional antes de enviarla a aplastar a los “terroristas” en el este. Al parecer, en Mariupol, las fuerzas del Ministerio del Interior masacraron a veinte personas, entre ellas policías locales que se negaron a sofocar las protestas locales contra Maidan. En Odessa, por otra parte, las fuerzas civiles se enfrentaron entre sí: unos 2.000 hinchas nacionalistas, armados con armas improvisadas, atacaron un campamento de 300 manifestantes prorrusos en la plaza central; cuarenta de los manifestantes murieron cuando los nacionalistas incendiaron las oficinas sindicales en las que habían intentado atrincherarse para protegerse.nota8
Los dos bandos del conflicto civil formaban una pareja desigual. El nuevo gobierno de Kiev no sólo poseía los recursos del Estado -en junio de 2014, su fuerza aérea y su artillería estaban martilleando las ciudades rebeldes del Donbass-, sino que estaba más centrado políticamente y cohesionado socialmente, unido por la antipatía hacia Rusia y la perspectiva de unirse a Occidente. Las reivindicaciones de los orientales eran más difusas: federalización, autonomía regional; inicialmente, menos de un tercio eran partidarios de la secesión pura y simple.nota9 No tenían una estrategia como tal. Ideológicamente, las primeras protestas se basaron sobre todo en la noción de autodeterminación democrática, a imagen del Maidan. A esto, el entorno de clubes de veteranos y asociaciones de artes marciales del que procedían las milicias añadía una capa nacionalista rusa más dura, legitimada por el mito del Kremlin de una movilización antifascista contra la “junta de Kiev”.
Ambos bandos buscaron ayuda en potencias exteriores. El Departamento de Estado tenía desde hacía tiempo una gran presencia en Kiev y los Estados de la UE financiaban a un gran número de ong. Habían respaldado a la oponente de Yanukóvich en las elecciones de 2010, la nacionalista Yulia Timoshenko, y apoyaron el levantamiento del Maidán contra él. Victoria Nuland, la mujer de la Administración Obama sobre el terreno, se implicó intensamente en los nombramientos del nuevo bloque gobernante en Kiev, que incluía a oligarcas prooccidentales, neoliberales, ong de derechos humanos, nacionalistas de línea dura y elementos de la extrema derecha. Aquí Washington había barrido un acuerdo entre Yanukóvich y la oposición, garantizado por Alemania, Polonia y Francia, para una transición pacífica, elecciones anticipadas y la vuelta a la Constitución de 2004, y había hecho un guiño al violento asalto final al edificio de la Administración Presidencial. La gente de Obama, el vicepresidente Biden entre ellos, aspiraba a un desenlace más concluyente del vaivén este-oeste del poder político en Ucrania. En respuesta, Putin tomó el control de Crimea, de mayoría rusa, donde Moscú ya tenía derechos de base para su flota y para una fuerza de 25.000 efectivos, bienes que consideraba amenazados por el nuevo régimen de Kiev. Obama declaró esto un ultraje al derecho internacional y le impuso sanciones.
La suave anexión de Crimea suscitó esperanzas entre las milicias rebeldes de que Putin también les sacaría de apuros. En lugar de ello, Rusia envió sólo lo necesario para mantener en pie a las repúblicas populares -incluido el apoyo armado encubierto, en la operación Viento del Norte de agosto de 2014- sin ofrecerles reconocimiento oficial. En 2015, Putin obligó a sus renuentes representantes a firmar los Acuerdos de Minsk, que frenaron su expansión. El objetivo de Moscú era bloquear la adhesión de Ucrania a la OTAN, no la liberación del Donbass. Al mismo tiempo, Washington armaba y entrenaba a las fuerzas de Kiev, succionando oxígeno de los Acuerdos de Minsk. Con Biden, el ritmo se aceleró. En 2021, Ucrania participó en amplios ejercicios militares y navales con potencias de la OTAN y firmó un nuevo acuerdo de “Asociación Estratégica” con EEUU. El resultado del conflicto civil fue, por tanto, un estancamiento armado externo. En un contexto en el que la mayoría de los ucranianos permanecieron políticamente pasivos, las intervenciones de Rusia y de eeuu -cada uno por invitación de las fuerzas partidarias- sirvieron para reforzar la dinámica conflictiva.
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La guerra de Putin, el segundo tipo de conflicto en juego, tiene un doble carácter ambiguo, definido por sus adversarios gemelos, la OTAN y Ucrania. Por un lado, la movilización rusa comenzó como una desesperada apuesta defensiva frente al avance del poder militar estadounidense. Por otro, la invasión es una guerra neoimperialista de conquista o partición, de alcance vacilante, provocada por la opción declarada de Kiev de incorporarse a Occidente. Analíticamente, los dos aspectos de la guerra son distintos en sus orígenes, objetivos e ideologías. El aspecto defensivo -la aprensión del Kremlin ante el avance del armamento estadounidense hasta sus mismas puertas- es muy anterior a cualquier relevancia política para un “mundo ruso” reconstituido. Sus orígenes se encuentran en la constitución de la otan como una alianza militar ofensiva bajo el mando de eeuu, dirigida a Moscú desde el principio. Reutilizada para operaciones fuera del área tras el final de la Guerra Fría, la exclusión de Rusia por parte de la otan sirve deliberadamente para definir una relación asimétrica amigo-enemigo. Por muy obsequiosa que haya sido la ayuda del Kremlin a nuestras operaciones en Afganistán y en otros lugares, sus peticiones de una conclusión negociada al avance de la otan hacia el este -Múnich 2007, Bucarest 2008, las repetidas gestiones rusas de 2021- siempre han sido desestimadas.
Ante esto, la estrategia racional de Moscú ha sido contrapesar a Washington con otros actores externos, tratando de ensanchar cualquier fisura dentro de la alianza atlántica y de reforzar su propia posición. La aceleración del realineamiento occidental de Ucrania a partir de 2014 llevó las cosas a un punto crítico, agudizado quizá por la preocupación de Putin por su lugar en la historia y la conciencia de que se le acababa el tiempo. Su primera táctica fueron los Acuerdos de Minsk, que habrían garantizado a Ucrania como potencia neutral bajo una constitución confederal. Por ese motivo, los nacionalistas ucranianos se opusieron implacablemente a él, con el apoyo tácito de Estados Unidos. En 2021, la Administración Biden aceleró la integración de Ucrania como “socio” de la OTAN y Kiev anunció en un nuevo documento de estrategia militar que contaba con “el apoyo militar de la comunidad mundial en la confrontación geopolítica con la Federación Rusa”. Esto condujo a la apuesta de Putin de escalar al nivel de la diplomacia coercitiva en septiembre de 2021, respaldando sus demandas con una movilización a gran escala. Pero en ausencia de cualquier vía de escape desescalada, la negativa de Biden a aceptar verdaderas negociaciones contribuyó a inclinar la postura defensiva de Rusia frente a la OTAN hacia una agresiva postura neoimperialista hacia Ucrania.
Aunque ensombrecida por los errores garrafales en el centro del país -el fallido ataque paracaidista a Kiev, el atasco de 40 millas de tanques atascados, la incapacidad de acabar con las defensas aéreas ucranianas-, la estrategia militar rusa en el sur y el este no ha sido tan desastrosa como la prensa occidental da a entender. Rusia ocupa el 20% del territorio ucraniano, un bloque sólido contiguo al suyo. La reconstrucción ha comenzado entre las ruinas de Mariupol, con 30.000 obreros de la construcción a los que se paga el doble de las tarifas nacionales. nota10 Materialmente, Rusia aún posee grandes recursos para una guerra de desgaste: una importante industria armamentística, respaldada por una base manufacturera que ha ido cambiando hacia la sustitución de importaciones desde las sanciones de 2014; mano de obra suficiente para rotar las tropas durante el invierno, después de la movilización de septiembre de 2022; y, a pesar de las valientes protestas contra la guerra y el éxodo de hombres en edad de combatir, un grado no desdeñable de cohesión social, inspirada en los tropos aún vivos de la Segunda Guerra Mundial. Ninguno durará indefinidamente. El apoyo a la guerra sigue siendo del 72%, según los sondeos de opinión, por debajo del 80% de marzo; pero los que piensan que la “Operación Militar Especial” tiene éxito en general han bajado del 68% al 53%, con un sentimiento común de que “lleva demasiado tiempo”. nota11 Los rostros de la nomenklatura de Putin, agolpados bajo las lámparas de araña del Gran Salón del Kremlin mientras anunciaba la adhesión de las cuatro nuevas regiones -Donetsk, Luhansk, Kherson y Zaporizhzhia- a la Federación Rusa a finales de septiembre, eran un estudio sobre la inquietud y el pesimismo.
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La invasión rusa generó un tercer tipo de conflicto: La guerra de autodefensa nacional de Ucrania. Kiev se enfrentaba a duros obstáculos: su presupuesto anual de defensa antes de 2022 era de 5.000 millones de dólares, frente a los 65.000 millones de Rusia. La población de Ucrania era menos de un tercio de la de Rusia, su PIB una octava parte. Pero el reclutamiento universal masculino igualaba las probabilidades en fuerzas terrestres y Ucrania ya estaba bien equipada con misiles, defensas aéreas y las estructuras it, logísticas y de mando que EE.UU. había estado poniendo en marcha desde 2015. Mientras millones de refugiados huían a Polonia, el material militar occidental se transportaba en camiones a través de la frontera en cantidades industriales, respaldado por miles de millones en ayudas. La negativa de Zelensky a refugiarse en Polonia fue un símbolo de la voluntad de resistir.
El trauma de la invasión ha forjado inevitablemente una nueva conciencia nacional en Ucrania. Tras el levantamiento de Maidan en 2014, dos tercios de los ucranianos pensaban que el país “iba en la dirección equivocada”, con una breve excepción para los movimientos de paz en 2019; ahora, más del 75% cree que va en la correcta. Una abrumadora mayoría cree que Ucrania ganará la guerra, aunque piensa que puede tardar un año o más. El orgullo por Ucrania pasó del 34% en agosto de 2021 al 75% un año después.nota12 Esto se ha conseguido al precio de un odio visceral hacia los rusos – “los orcos”- cuyos términos comparte Zelensky: “Hasta que no les partan la cara, no entenderán nada”, declaró al Wall Street Journal.nota13 En agosto de 2022, el 81% de los ucranianos afirmaba sentir “frío” o “mucho frío” hacia los rusos, y casi la mitad consideraba a las poblaciones de las repúblicas populares de Donetsk y Luhansk con la misma hostilidad. La proporción de personas que piensan que el ucraniano debería ser la única lengua estatal ha aumentado del 47% al 86%. Una clara mayoría de los jóvenes piensa que será imposible restablecer nunca unas relaciones amistosas entre Ucrania y Rusia; otro 28% cree que se tardaría al menos veinte o treinta años. Dadas las genealogías mixtas y las familias extensas transfronterizas de la región, esto se traduce en innumerables relaciones tensas o rotas; un tercio de los ucranianos definen su sentimiento predominante como pena.nota14
La estrategia militar ucraniana se ha basado en las peticiones internacionales de más ayuda, respaldadas por un coro de políticos de los países bálticos que proclaman su disposición a morir por la libertad. Ideológicamente, esto ha tenido mucho éxito, aunque las sumas no son tan grandes: medido en euros, EE.UU. ha comprometido 27.600 millones de euros en ayuda militar y 15.200 millones de euros en ayuda financiera desde enero, frente a los 2.500 millones de euros de ayuda militar y los 12.300 millones de euros de ayuda financiera de la UE.nota15 Pero aunque la ayuda occidental ha nivelado el campo, no ha dado a Ucrania una ventaja fulminante. En julio, equipadas con sistemas de cohetes himars de 200 libras guiados por GPS, misiles harm lanzados desde el aire, más de 800.000 cartuchos de proyectiles de artillería de 155 mm y un entrenamiento intensivo de la OTAN, las fuerzas ucranianas consiguieron ralentizar, y luego frenar, el avance ruso pueblo a pueblo por el Donbás. Los anuncios semanales del Pentágono de nuevos envíos de armas mantuvieron el ritmo y las fuerzas de operaciones especiales de la otan provocaron explosiones tras las líneas rusas. Las operaciones más complejas dependen en gran medida de nuestra ayuda. Cuando en julio Zelensky, que necesitaba una victoria de algún tipo para demostrar que la guerra no se estaba ralentizando hasta convertirse en un conflicto congelado y apuntalar el apoyo occidental, propuso una ofensiva en el sur, golpeando en Kherson, cortando Mariupol por el este y tomando Zaporizhzhia, los oficiales del Pentágono fueron mordaces -las posiciones rusas allí estaban bien reforzadas- y en su lugar elaboraron planes para una salida a pequeña escala de quince tanques en la zona casi vacía al sureste de Kharkiv, debidamente aclamada como una contraofensiva que cambiaría el juego por la leal prensa occidental. nota16 La captura de Lyman, más significativa, atrajo menos atención.
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El cuarto tipo de conflicto, pues, es el que está librando la Administración Biden. Un antiguo jefe de la CIA lo describe como una guerra por delegación: Estados Unidos explotando el coraje de los ucranianos y su voluntad de luchar contra los rusos, como -por ejemplo- en su día armó y asesoró a los kurdos de Rojava.nota17 Pero si es así, éste es sólo un aspecto de la guerra de Washington. En el frente económico, las sumas implicadas son mucho mayores que las que fluyen hacia Ucrania. La Administración Biden ha congelado unos 400.000 millones de dólares de las reservas de divisas de Rusia, los principales bancos rusos se han quedado fuera de swift, las empresas rusas tienen bloqueada la compra de componentes cruciales y las principales empresas occidentales -Shell, bp, el gigante naviero Maersk- están abandonando Rusia. Famosamente, las sanciones resultaron contraproducentes a corto plazo, ya que el aumento de los costes del combustible y los alimentos hinchó los ingresos de Rusia por exportaciones. Sin embargo, el objetivo de las sanciones de Biden no era sólo poner un freno económico a la invasión de Ucrania; sus objetivos, según explicó The Economist, son más amplios: “mermar la capacidad productiva y la sofisticación tecnológica de Rusia” y disuadir a China.nota18
Los orígenes del tratamiento adversario de Washington a la Rusia postsoviética se remontan a nuestros debates de política exterior tras la Guerra Fría. El principal arquitecto de la estrategia fue Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional de Carter. Nacido en 1928 cerca de Lviv, entonces parte de Polonia, era hijo de un diplomático destinado a Canadá a finales de la década de 1930, y un guerrero del frío comprometido. En la era poscomunista, argumentaba Brzezinski en El gran tablero de ajedrez (1997), la cuestión estratégica central para Washington era cómo ejercer la primacía estadounidense sobre Eurasia, la masa continental central del mundo, lo que significaba tratar, ante todo, con el enorme agujero negro que era la Rusia postsoviética. Brzezinski advirtió que las élites rusas estarían resentidas por el desmembramiento de su Estado y especialmente dolidas por la pérdida de Ucrania. Para evitar que el revanchismo arraigara en este suelo fértil, la gran estrategia estadounidense debería extender la OTAN hasta las fronteras rusas y construir una barrera contra ellas, abarcando Ucrania, Azerbaiyán y Uzbekistán. Este hecho consumado -e, idealmente, la disgregación de la propia Rusia en tres Estados más manejables- debería persuadir al Kremlin de que acepte un futuro más modesto, como una especie de lacayo de la UE. Esta fue la estrategia adoptada por la Administración Clinton y puesta en práctica por la protegida de Brzezinski, Madeleine Albright, como Secretaria de Estado, en contra de la apasionada oposición de muchos miembros de la élite de la política exterior estadounidense.nota19
Quince años después, Brzezinski había cambiado de opinión, explicando en Visión Estratégica (2012) que, en realidad, Rusia debería integrarse plenamente en las instituciones occidentales y que China era la potencia más problemática. Para entonces ya era demasiado tarde. Las fuerzas estadounidenses estaban en suelo ex soviético en el Báltico, la Casa Blanca había declarado que Georgia y Ucrania se unirían a la OTAN y la perspectiva de la integración occidental ya había ejercido una poderosa atracción sobre los políticos y creadores de opinión en Kiev. En pocos años, Nuland estaría ayudando a nombrar al nuevo primer ministro de Ucrania y comandos Spetsnaz rusos estarían vigilando las entradas del Consejo Supremo y del Consejo de Ministros de Crimea. La anexión de Crimea no fue en absoluto la peor de las hazañas de Putin, llevada a cabo con un mínimo de fuerza y un alto grado de apoyo local, el polo opuesto de su guerra contra Chechenia. Pero para la Administración Obama, fue un insulto desmedido al gobierno que Washington acababa de ayudar a instaurar, un acto de lesa majestad contra la propia América, que no podía permitirse.
Los recursos estadounidenses superan ampliamente a los de Rusia, no sólo en el campo de la inteligencia, sino también en la calidad de su arsenal nuclear, en el que Obama prodigó una actualización de un billón de dólares en las profundidades de la Gran Recesión. Pero incluso mientras los planificadores del Pentágono supervisan los campos de batalla del Dniéper, sólo una ínfima parte de nuestro armamento va a parar a Ucrania (y mucho menos el de los compatriotas de Zelensky). Queda por ver si una potencia industrial como Rusia puede ser derrotada por fuerzas interpuestas. Ideológicamente, la valentía de los ucranianos y las bien publicitadas atrocidades cometidas por las fuerzas de Putin en el campo de batalla han galvanizado el apoyo a Kiev en EEUU y Europa de forma mucho más eficaz de lo que podrían haberlo hecho las conferencias sobre democracia y autocracia del demonio sonriente de la Casa Blanca. La ideología oficial depende, por supuesto, de mantener la farsa de que “Ucrania decidirá”. En realidad, Ucrania es un suplicante en la escena internacional, dependiente de las armas y la inteligencia estadounidenses. Zelensky ha sido puesto en su sitio por tuitear ruidosamente que EE.UU. debería hacer más -advertido bruscamente por Biden de que no debía parecer desagradecido por toda la ayuda estadounidense que está recibiendo.nota20 Zelensky moderó debidamente sus tuits. Su exigencia de una adhesión acelerada a la otan en septiembre -recibida con chillidos de alegría desde Riga, Tallin y la pequeña y valiente Ottawa- fue fríamente rechazada por el consejero de Seguridad Nacional Jake Sullivan y Zelensky reprendido públicamente por un antiguo embajador estadounidense en Kiev.
El carácter del conflicto de la Administración Biden con Rusia es inequívocamente “imperialista”, en el sentido de que persigue un cambio de régimen y la afirmación de la hegemonía estadounidense sobre el continente euroasiático. Pero no está claro que Biden tenga un camino para llevar esto a cabo. Su Administración no planeó una guerra de esta envergadura: es un regalo inesperado, como la invasión de Kuwait por Sadam en 1990; sin embargo, el cambio de régimen en Irak llevó casi trece años, con resultados que están a la vista. En muchos sentidos, la invasión rusa ha sido una bendición para Biden, aunque el impulso interno no se haya reflejado en sus índices de aprobación, y una gran ganancia para soldar Europa a Washington. En otro sentido, la guerra de Ucrania es una distracción masiva de la verdadera prioridad de los demócratas: la reactivación interna para asegurar la primacía estadounidense en la rivalidad estratégica con China, donde Estados Unidos también espera ver instalado otro tipo de régimen a su debido tiempo. Aquí interviene el espectro de un quinto tipo de conflicto, que sobredetermina las reacciones de Washington ante Ucrania: la próxima batalla con Pekín. Los paralelismos entre Ucrania y Taiwán se dibujaron incesantemente en el invierno de 2021 y los primeros meses de 2022 como razones para no negociar con Putin. Los funcionarios de Biden utilizaron el argumento de que “China estará observando” como base para una respuesta dura por nuestra parte: cualquier “salida” de Putin sería tomada por Pekín como una señal de que el poder estadounidense se estaba erosionando. Una de las principales preocupaciones de Biden ha sido limitar los costes, tanto en atención de la Casa Blanca como en bajas estadounidenses, mientras sigue adelante con su actual agenda de política interior y exterior. La perspectiva de un conflicto sino-estadounidense, el verdadero foco de atención de las tres últimas administraciones en Washington, es el cerrojo final que determina la dinámica de la guerra de Ucrania.
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La interacción entre estos diferentes tipos de conflicto -civil, defensivo-revanchista, de resistencia nacional, imperial-primacía, sino-estadounidense- ha impulsado una incesante dinámica de escalada. Tras la militarización del conflicto civil en 2014, Washington y Moscú avivaron las fuerzas a cada lado de la Línea de Contacto. La invasión de Putin, la escalada decisiva, se topó entonces con la movilización militar y económica de un bloque mucho mayor, orquestada desde el otro lado del Atlántico, con un ojo puesto en el conflicto del Pacífico que se avecinaba. Alentada por los belicistas de treinta Estados no combatientes, esta dinámica puede ser imposible de invertir.
El carácter resbaladizo de los objetivos bélicos de los combatientes es producto de esta escalada. En marzo, la postura de Kiev en las conversaciones de paz de Estambul era la neutralidad (hipergarantizada) y la retirada de las fuerzas de Moscú a las líneas anteriores a la invasión. En abril, EEUU tiró de la manta en las conversaciones ruso-ucranianas, transmitiendo el mensaje de que, para Occidente, Putin no sería un socio negociador.nota21 Hoy, Kiev exige la plena ucranianización de Crimea. Moscú quería un tratado con la OTAN y ha acabado en una guerra sin cuartel. Washington pretendía una extensión indolora de su hegemonía por Europa del Este y, en su lugar, ha tenido que lidiar con unos precios del combustible inflacionistas, mientras se avecinan unas elecciones clave al Congreso. Viendo las abstenciones y los votos en contra sobre Ucrania en la onu este mes de octubre, Brzezinski podría haber señalado que Washington está precisamente perdiendo apoyo en Eurasia -India, Pakistán y Sri Lanka, así como las repúblicas de Asia Central, China, Irán, Vietnam y Laos- y en dos tercios de África, desde Argelia, los Sudán y Etiopía hasta la rdc, Uganda, Tanzania, Mozambique, Zimbabue y Sudáfrica. Estados Unidos se quedó con los estados de la OTAN y de la ASEAN, además de (la mayor parte de) América Latina.
El resultado de la dinámica de escalada ha sido, en primer lugar, una desastrosa profundización del conflicto civil ucraniano. Los desarrollos sociales desencadenados allí han sido profundamente regresivos, todo lo contrario que en la Segunda Guerra Mundial. La principal legislación de Zelensky antes de la guerra fue una ley de privatización de la tierra, profundamente impopular. Ahora, en medio de una crisis económica creciente, en la que se ha despedido a más de un millón de trabajadores y se ha destruido el 7% del parque de viviendas -y con un desempleo del 35%, a pesar de que otros millones de personas en edad de trabajar han abandonado el país-, los derechistas del gobierno de Zelensky, una mayoría, han aprovechado la oportunidad para impulsar un proyecto de ley que excluye hasta el 70% de la mano de obra de las protecciones laborales existentes, una medida bloqueada por la oposición sindical antes de la guerra. El conflicto civil continúa en las zonas reconquistadas, en medio de la muerte y la desolación, mientras los “colaboradores” con la ocupación rusa son acorralados para ser castigados.
La autodefensa de Moscú contra la OTAN y los intentos de forzar un acuerdo con Washington han sido derrotados decisivamente. Sea cual sea el estatus formal del país, la otan estará implantada en Ucrania en un futuro previsible. Con la adhesión de Suecia y Finlandia, Rusia tendrá una nueva frontera de 800 millas con el bloque y el Báltico será un lago de la otan, con Kaliningrado como una anomalía aislada. A menos que se produzcan novedades dramáticas antes del invierno, la guerra de conquista territorial de Rusia parece destinada a congelarse en una de desgaste defensivo que acabará cobrándose un alto precio económico. Al mismo tiempo, a menos que EEUU cambie radicalmente de juego, Ucrania no parece tener una estrategia militar para recuperar la quinta parte perdida de su territorio. Si, como afirma ahora Zelensky, su objetivo es la reconquista de Crimea, la guerra de Kiev adoptará también un carácter neoimperial, sometiendo a las regiones rebeldes. Hasta ahora, la única táctica de la Administración Biden para lograr un cambio de régimen en Rusia es alargar la guerra. Mientras tanto, el documento “Concepto Estratégico” 2022 de la OTAN, verdaderamente escalofriante, pone a sus treinta y tantos Estados miembros detrás de Washington en el pulso contra Pekín.
En teoría, los principales Estados europeos podrían haberse equilibrado con Rusia frente a EEUU tras el final de la Guerra Fría, insistiendo en un marco más acomodaticio y globalmente multiculturalista que hubiera dejado espacio a las potencias emergentes, como sugerían algunos estrategas estadounidenses. El bloqueo de ese resultado no fue sólo la convicción de la élite de la política exterior estadounidense de que la alternativa a su dominio era el caos mundial. Tras cincuenta años de soberanía minada, los Estados europeos carecen de los recursos materiales e imaginativos para un proyecto contrahegemónico. Alemania, en particular, se ha visto más encadenada al atlantismo con cada nueva crisis: Yugoslavia, el crack financiero, Ucrania. “Sonámbulos” fue el indeleble término acuñado por Christopher Clark para el descenso de las grandes potencias a la Primera Guerra Mundial. En la década de 2020, los europeos están completamente despiertos, sonriendo y vitoreando, exultantes de su “autonomía estratégica” mientras son frogmarked hacia el próximo conflicto global por nuestra primacía.
1 Ernest Mandel, El significado de la Segunda Guerra Mundial, Londres y Nueva York 1986.
2 Mandel, El significado de la Segunda Guerra Mundial, p. 156.
3 Mandel, Significado de la Segunda Guerra Mundial, p. 45.
4 Para un debate anterior sobre la guerra de Ucrania, en el que se basa el presente documento, véase Watkins, “¿Una guerra evitable?”, Volodymyr Ishchenko, “Hacia el abismo” y Tony Wood, “Matrix of War”, nlr 133/134, enero-abril de 2022.
5 “Sovok”: término ruso despectivo para referirse a aquellos que aún conservan una perspectiva y unos valores soviéticos, al no haber sabido adaptarse a la sociedad capitalista. Véase Anna Arutunyan, Hybrid Warriors: Proxies, Freelancers and Moscow’s Struggle for Ukraine, Londres 2022, p. 19. Arutunyan, periodista liberal rusa, antigua editora política de Moscow News, que ahora vive en Londres, viajó extensamente por el este y el sur de Ucrania en los primeros meses de 2014 y ofrece una etnografía poco común del Donbás en el momento de los levantamientos contra Maidan.
6 El ex asesino del Fsb Igor Girkin y su milicia de 50 hombres, financiada por el multimillonario ruso de extrema derecha Konstantin Malofeyev, llegaron al Donbás el 12 de abril de 2014, una semana después de que se proclamara la República Popular de Donetsk. No fue hasta mediados de mayo cuando el hombre de confianza de Malofeyev, Alexander Borodai, fue “elegido” primer ministro de la RPD, para ser sustituido tres meses después por Alexander Zakharchenko, nacido en Donetsk y jefe ultraderechista de una organización local de veteranos. Las propias milicias estaban formadas en su mayoría por combatientes nacidos en Donbass, y los “turistas rusos” constituían menos de un tercio de ellas.
7 Ivan Katchanovski, “The Hidden Origin of the Escalating Ukraine-Russia Conflict”, Canadian Dimension, 22 de enero de 2022.
8 Arutunyan, Hybrid Warriors, pp. 14-16 (Mariupol), 68-75 (Odessa).
9 Encuesta del Instituto Internacional de Sociología de Kiev, abril de 2014, citado en Arutunyan, Hybrid Warriors, p. 123.
10 Volodymyr Ishchenko, “El keynesianismo militar de Rusia”, Al-Jazeera, 26 de octubre de 2022.
11 “Conflicto con Ucrania: Septiembre de 2022”, Levada Centre, 7 de octubre de 2022.
12 Rating Group, ‘Decimoséptima Encuesta Nacional: Identidad, patriotismo, valores’, Kiev, 23 de agosto de 2022.
13 Yaroslav Trofimov y Matthew Luxmoore, “Ukraine’s Zelensky Says a Cease-Fire with Russia, without Reclaiming Lost Lands, Will Only Prolong War”, wsj, 22 de julio de 2022. El índice de aprobación de Zelensky era del 30% antes de la guerra; ahora supera el 90%.
14 Rating Group, ‘Decimoséptima Encuesta Nacional’.
15 Véase “Ukraine Support Tracker”, IfW/Kiel Institute for the World Economy, octubre de 2022; no se han desembolsado todas las sumas comprometidas.
16 Por ejemplo, Dan Sabbagh, “Surprise Counterattack Wrong-Foots Invaders and Shows Sophisticated Battlefield Tactics”, Guardian, 9 de septiembre de 2022; Patrick Wintour, “Battle of Nerves: How Advances on the Field Are Helping Europe Recover Its Resolve’, Guardian, 14 de septiembre de 2022. Sobre nuestra planificación de la operación, véase Julian Barnes, Eric Schmitt y Helene Cooper, “The Critical Moment Behind Ukraine’s Rapid Advance”, nyt, 13 de septiembre de 2022.
17 Leon Panetta, “Es una guerra por poderes con Rusia, lo digamos o no”, Bloomberg tv, 17 de marzo de 2022.
18 “¿Están funcionando las sanciones a Rusia?”, Economist, 25 de agosto de 2022.
19 Para una valoración crítica, véase Perry Anderson, American Foreign Policy and Its Thinkers, Londres y Nueva York 2015, pp. 197-208.
20 Yasmeen Abutaleb y John Hudson, “Biden Scrambles to Avert Cracks in Pro-Ukraine Coalition”, Washington Post, 11 de octubre de 2022.
21 Roman Romaniuk, “De la “rendición” de Zelensky a la rendición de Putin: Cómo van las negociaciones con Rusia”, Ukrainska Pravda, 5 de mayo de 2022.

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